martes, 26 de febrero de 2013

Soy la violencia


Son las siete cuando Galán entra. Aproximadamente a esa hora, a veces un poco antes y a veces un poco más tarde,  todos los días Galán viene al bar de Manuel  y Sole. Su llegada no siempre es advertida, hay ocasiones en que parece escurrirse desde la puerta hasta el rincón que forma la máquina de tabaco con la barra, allí pasa horas a veces quieto, a veces comiendo sin tregua las tapitas que Sole pone a su alcance. Hoy sí, hoy ha entrado de forma algo llamativa, a grandes pasos, moviendo los brazos, exhibiéndose. Lleva un impecable traje gris con la camisa también gris aunque  un tono más claro y finas rayas rosas, en una mano un portafolios de diseño y en la otra una gabardina italiana; nada que ver con el abrigo largo hasta los tobillos, de cuero negro como los pantalones,  que tanto le gusta ponerse y por lo que muchos en el bar le llaman “el Matrix”. Lo que si lleva hoy, como siempre, son gafas de sol ultramodernas que se alargan por los laterales y evitan que se le vea la mirada.
Nadie conoce ni su mirada ni su nombre de pila, incluso intuyen que el apellido Galán es un apodo. Hoy sorprende su atuendo y todos le preguntan qué pasa, él explica que le han contratado de comercial en una gran empresa. Aunque ninguno le creé le felicitan y corroboran su escepticismo cuando no quiere hablar de la marca para la que trabaja. Aunque Sole y Manuel  le han prohibido hacer negocios en su bar,  todos saben con qué comercia y qué problemas le ha causado.
Él no lo  oculta porque hay días que no puede dejar de discutir con el individuo que ve en la pared y cuando levanta la voz y Manuel le grita desde el otro lado de la barra ¡Galán, tranquilo! ¡Salte al parque, tío! Él sale, da unas patadas y vuelve a entrar, luego le explica a Sole que le ha preguntado ¿lo necesitabas verdad? Que sí, que cuando estaba en la clínica ya se lo decían las enfermeras, que se moviese, que soltase energía.
Hoy, como todas las noches cuando empieza a llenarse el bar con los habituales, las luces bajan de intensidad y la música sube de volumen. La rebeldía llega muy alta en las voces de Non servium, alguien con una cerveza en la mano, mientras sale a echarse un cigarro, pasa junto a él coreando que lo malo acaba cuando cumples tu condena pero los buenos momentos para siempre quedan, luego se oyen las risas de los de fuera que se pasan el cigarro.
Galán se ha ido arrinconando en su lugar junto a la máquina de tabaco y la barra, sentado en una banqueta tiene la espalda rígida y las piernas largas muy juntas y encogidas para poder apoyar los pies  en el círculo de metal que une las patas. Parece que la mirada la mantiene al frente. Pasan varios minutos sin moverse, sin que nadie ya le preste atención.
Recuerda el primer día, la sangre en el labio de su padre, su madre empujada, derrotada en el suelo del salón, la mesita del teléfono volcada junto a ella, los gritos, las amenazas. La frialdad de su hermana, el odio en los ojos de su hermana, el miedo en los ojos de todos. Su espanto al oír las voces de su cabeza. La expulsión.
Manuel le pone la mano en el hombro y le pregunta ¿quieres ir dentro? No responde, se baja dócilmente de la banqueta y espera que Manuel coja las llaves. Cuando se cierra la puerta del almacén agradece que ya no se oiga al cantante de  Ignotus gritar: soy el ganar y el perder, soy la violencia que genera muchas más violencia, le tranquiliza que no se oigan las risas, ni las voces. Pone el portafolios encima de una caja de botellines vacios, sobre él  deja caer las dos navajas que siempre lleva consigo, luego se acuesta en la cama turca sin desnudarse abrazado a la gabardina. Perdido en sus pensamientos olvida que esta mañana creyó que le revocarían la orden de alejamiento de sus padres.

M.J.G. 25.2.13 (Del taller Imaginar dinosaurios, propuesta sobre los recuerdos de otros)

No hay comentarios:

Publicar un comentario