Son las siete cuando Galán entra.
Aproximadamente a esa hora, a veces un poco antes y a veces un poco más
tarde, todos los días Galán viene al bar
de Manuel y Sole. Su llegada no siempre
es advertida, hay ocasiones en que parece escurrirse desde la puerta hasta el
rincón que forma la máquina de tabaco con la barra, allí pasa horas a veces
quieto, a veces comiendo sin tregua las tapitas que Sole pone a su alcance. Hoy
sí, hoy ha entrado de forma algo llamativa, a grandes pasos, moviendo los
brazos, exhibiéndose. Lleva un impecable traje gris con la camisa también gris
aunque un tono más claro y finas rayas
rosas, en una mano un portafolios de diseño y en la otra una gabardina
italiana; nada que ver con el abrigo largo hasta los tobillos, de cuero negro
como los pantalones, que tanto le gusta
ponerse y por lo que muchos en el bar le llaman “el Matrix”. Lo que si lleva
hoy, como siempre, son gafas de sol ultramodernas que se alargan por los
laterales y evitan que se le vea la mirada.
Nadie conoce ni su mirada ni su
nombre de pila, incluso intuyen que el apellido Galán es un apodo. Hoy
sorprende su atuendo y todos le preguntan qué pasa, él explica que le han
contratado de comercial en una gran empresa. Aunque ninguno le creé le
felicitan y corroboran su escepticismo cuando no quiere hablar de la marca para
la que trabaja. Aunque Sole y Manuel le
han prohibido hacer negocios en su bar,
todos saben con qué comercia y qué problemas le ha causado.
Él no lo oculta porque hay días que no puede dejar de
discutir con el individuo que ve en la pared y cuando levanta la voz y Manuel
le grita desde el otro lado de la barra ¡Galán, tranquilo! ¡Salte al parque,
tío! Él sale, da unas patadas y vuelve a entrar, luego le explica a Sole que le
ha preguntado ¿lo necesitabas verdad? Que sí, que cuando estaba en la clínica
ya se lo decían las enfermeras, que se moviese, que soltase energía.
Hoy, como todas las noches cuando
empieza a llenarse el bar con los habituales, las luces bajan de intensidad y
la música sube de volumen. La rebeldía llega muy alta en las voces de Non servium, alguien con una cerveza en
la mano, mientras sale a echarse un cigarro, pasa junto a él coreando que lo malo acaba cuando cumples tu condena pero
los buenos momentos para siempre quedan, luego se oyen las risas de los de
fuera que se pasan el cigarro.
Galán se ha ido arrinconando en
su lugar junto a la máquina de tabaco y la barra, sentado en una banqueta tiene
la espalda rígida y las piernas largas muy juntas y encogidas para poder apoyar
los pies en el círculo de metal que une
las patas. Parece que la mirada la mantiene al frente. Pasan varios minutos sin
moverse, sin que nadie ya le preste atención.
Recuerda el primer día, la sangre
en el labio de su padre, su madre empujada, derrotada en el suelo del salón, la
mesita del teléfono volcada junto a ella, los gritos, las amenazas. La frialdad
de su hermana, el odio en los ojos de su hermana, el miedo en los ojos de
todos. Su espanto al oír las voces de su cabeza. La expulsión.
Manuel le pone la mano en el
hombro y le pregunta ¿quieres ir dentro? No responde, se baja dócilmente de la
banqueta y espera que Manuel coja las llaves. Cuando se cierra la puerta del
almacén agradece que ya no se oiga al cantante de Ignotus
gritar: soy el ganar y el perder, soy la
violencia que genera muchas más violencia, le tranquiliza que no se oigan
las risas, ni las voces. Pone el portafolios encima de una caja de botellines
vacios, sobre él deja caer las dos
navajas que siempre lleva consigo, luego se acuesta en la cama turca sin
desnudarse abrazado a la gabardina. Perdido en sus pensamientos olvida que esta
mañana creyó que le revocarían la orden de alejamiento de sus padres.
M.J.G. 25.2.13 (Del taller Imaginar dinosaurios, propuesta sobre los recuerdos de otros)

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