sábado, 23 de febrero de 2013

A la sombra de la higuera


El policía que la acompaña no termina de tratarla como a un testigo protegido. A veces la agarra por el antebrazo dándole un pequeño empujón, otras la llama señora escurriendo  el ño entre los dientes, derramándoselo por encima. Los jefes son los que mandan, y ellos le han dicho que debe protegerla, pero para él no es más que una putilla sin importancia. Para que no se tropiecen con nadie, le han dicho que la lleve al patio trasero y allí, sentada en el banco bajo la higuera, la deja sola. Ella agradece ese poquito de soledad y se acomoda como puede, intentando que la piedra no le roce las heridas y moratones que le acaban de curar en el hospital.
Nota un golpe seco en la cabeza que le obliga a bajar la barbilla, luego lo ve caer desmayado a sus pies, como si el choque con ella le hubiera dejado sin fuerzas. Es morado, casi negro, pero al abrirse un poco con la caída, se le descubre el corazón encarnado. Coge el higo del suelo, lo aprieta con los dedos índice y pulgar para que se abra del todo y le da un bocado. Escuece un poco el labio con las heridas pero la envuelve el sabor dulce, la textura granulosa que  la transporta a aquel verano, al olor a excremento de gallina y de conejo, a las sombras y los reflejos en el más bajo de los tres patios, el calor del medio día en la terraza llena de flores, algunas muy vistosas eran de cactus; el suelo empedrado bajo la higuera, las odiadas siestas,  lo mucho que había que esperar para montar en el columpio hasta que acababan todos los primos que iban delante y la voz de la tía llamándoles a comer justo cuando a ella le tocaba, por fin, el turno de columpiarse. Nunca ha tenido mucha suerte, pero aquella tarde, la niña que era ella a los cinco años, antes de que le llegara la sopa al plato, ya tenía elaborado un plan. ¿Cuánto hace que perdió esa determinación, cuánto qué no traza planes? Después de comer y recoger entre todos, se cerraban las persianas y, en colchones repartidos por el suelo, nadie debía moverse, durmiera o no, durante toda una hora. Lo más difícil era salir de la habitación sin que la vieran, por eso se colocó en la zona más cercana a la puerta y se hizo la dormida durante un buen rato. Justo a su lado estaba su hermana que no se le despegaba, ese era el segundo problema, pero tuvo suerte y, enseguida, notó que se había dormido. Escogió bien el momento, porque nadie la siguió. La casa estaba en silencio y a oscuras y, cuando cerró la puerta con el corazón en la boca, tuvo que quedarse un momento apoyada y adaptando los ojos al fuerte contraste de luz. Se oía el cloqueo de las gallinas y le dio miedo acercarse al corral, también subir a la azotea. Fue corriendo directa hacia la higuera a sentarse en el columpio, agarrándose a las cuerdas y dando un saltito. ¡Qué placer! Se empezó a balancear, al principio no sabía, siempre la habían empujado. Pero pronto, recordando como lo hacían los mayores, estiraba las piernas en la subida y empujaba hacía atrás con fuerza, hasta que fue ganando altura y velocidad. Echaba la cabeza para atrás de forma que solo veía sobre ella las hojas de la higuera, la cesta de los higos del abuelo colgada en otra rama y algún rayo de sol. Los rápidos avances fueron dándole confianza, quería ir más allá y lo hizo. Consiguió ponerse en pie sobre la delgada tableta del columpio e, incluso así balancearlo. Lo único malo era que no iba a poder lucir sus habilidades dado lo clandestino de la aventura.
Lo primero que vio al abrir los ojos fue un higo frente a la cara y notó las piedras picándole en todo el cuerpo. Se levantó y entró en la casa, aún con la esperanza de que nadie notara nada. Pero un reguero de sangre fue delatándole sin necesidad de que abriera la boca. No lloró ni siquiera mientras le ponían las grapas en la coronilla, donde conserva una luna en cuarto creciente. Ella estaba muy callada, solo se escuchaban los gritos de las tías, en parte por el susto y en parte por la ira, y su hermana que lloraba desconsolada. El resto del verano tuvo que acarrear un turbante blanco, pero aprendió  a sortear las burlas de sus primos que le apodaron la india; aún hoy todos la llaman así. También sigue ahí la pequeña luna. Pero había olvidado el vozarrón del abuelo  repitiendo a todo el mundo, que tenía una nieta tan valiente que había aguantado el escalabro y las suturas, sin echar una sola lágrima. Sin duda el abuelo se equivocaba, pues era el miedo lo que había dejado sus ojos secos, lo que le había sellado la boca. Sin embargo, miró sus heridas, sus últimos descalabros y pensó que, quizás, era posible volver a pasar por valiente. En eso andaba cuando, al ver acercarse al comisario sonriéndole, le pareció el tipo de persona que prepara columpios a sus nietos en la rama de una higuera y no le sorprendió la determinación con la que fue capaz de aceptar la propuesta policial que le cambiaría de nuevo la vida.


Cristina Ramírez 
(del taller Imaginar Dinosaurios, un relato sobre los recuerdos de personajes imaginados)

No hay comentarios:

Publicar un comentario